23 marzo, 2009

¿Cómo?


Estaba claro que necesitaba hacerlo, necesitaba liberarme de aquel peso, purificarme, vengarme. Pero, ¿cómo?. ¿Cómo podría llevar a cabo mi catársis personal?.
Necesitaba herirla, necesitaba que sintiera algo del dolor que me había hecho sufrir. En cualquier otro caso, mi vendetta sería absurda. Yo no quería estar en paz con mi karma; quería y necesitaba que ella reaccionara, necesitaba ese minuto atención que no había tenido hasta entonces.
No me valía con hacer borrón y cuenta nueva siendo ella ajena a mis actos; necesitaba algo de esa escasa empatía que debía albergar en algún rincón oscuro, para que la empleara en sufrir.
Comencé a pensar; la ira hacía hervir mi sangre a borbotones,
blurp, blurp, casi podía notarlo. No me gustaba. Si algo me caracterizaba cara al exterior, era mi paciencia. Yo era una persona tranquila que nunca se alteraba, o casi nunca. En realidad la definición más correcta era que costaba mucho alterarme. Esta vez había sido la cúspide.
Hervía cada vez más fuerte, así que trate de serenarme;
vamos, piensa, no puedes dejarte llevar, ha de ser un plan magnífico, que todos... que ella, vea lo ingeniosa que puedes llegar a ser, que se arrepienta, que sufra. Esos eran mis pensamientos cuando me desmayé, al rato me desperté en un césped aparentemente seco y desconocido. Seguí pensando, no me importaba como había llegado ni siquiera donde estaba, tenía que pensar. El sol me hacía entrecerrar los ojos.
Quemar. Quemar, ahí está; el fuego. El fuego purifica, ¿no? en alguna de esas culturas remotas el fuego debe de purificar...Comienza a fluir.
Quemar, necesito quemar algo para desprenderme de ella, necesito acabar de un modo terapéutico, paradigmático, explosivo, ¡sí!, necesito una explosión que borre cualquier sombra que pueda quedar de aquella presencia pusilánime que paradójicamente tanto me atrapó.
Necesito quemar algo grande, no me vale con quemar sus fotos o sus libros, ni su ropa. Además, todo eso voló por mi ventana hace unos días y sería difícil recuperarlo. Necesito algo que llame su atención, algo que le duela de verdad. Por eso taché de mi lista mental a las personas; carecía de total empatía y seguramente le habría dado igual que quemara a su padre o a su perro: no es que rechazara de pleno el quemar gente, es que le iba a dar lo mismo. Y por otro lado la primera capa de piel de la gente al quemarse huele peor que la muerte
. Bien, quemar cine no, quemar libros tampoco, ni gente, ni animales.
Mientras me hallaba en aquel césped, me fijé en un cartelón de esos que visten los edificios. Habían traído la exposición de Kandinsky. Odiaba profundamente todos aquellos colores. Ella los amaba. Justo el del anuncio era su preferido. Su preferido, Kandinsky era su preferido... con aquellos colores infantiles y estúpidos.Era tan sencillo que ni lo había pensado; lo único que apreciaba en este vida era el arte, el Arte le proporcionaba lo que no podía ver en la gente, eran sus amigos, los únicos que tenía a día de hoy.
Divagué unos segundos más, los justos para que se cruzara en mi vista E. S. Era el mejor camello a ese lado de la ciudad. Parece que al final estaba más cerca de casa de lo que creía. Le hice un gesto y me entendió. El ácido lisérgico siempre me reconfortaba.
Me dejé llevar por él. Corrí durante horas, repté e incluso volé. Finalmente, al caer la tarde entré en el museo municipal a grandes zancadas, bailando como una mariposa en el aire. Me subí encima de la taquilla, grité que era perfecto, todo era perfecto.